Thursday, November 24, 2022

Inauguración de la Cuarta Semana de la Caligrafía en Perú

 


Buenas noches, amigas y amigos. Después de tiempos duros y extraños, luego de casi tres años volvemos a estar juntos —esta vez en la sala Sur Andino del Museo Pedro de Osma, entre importantes piezas de las culturas Tiahuanaco e Inca y de pinturas significativas del periodo virreinal cusqueño— para inaugurar la Cuarta Semana de la Caligrafía en el Perú, tal vez el principal festival de esta hermosa disciplina en nuestra región en los últimos años.

No es posible hablar de cultura sin reconocer la valerosa apuesta de quienes trabajan en ello en un país como el nuestro, donde si bien el consenso sobre su importancia es extendido, las acciones en su favor son escasas. El sector cultural ha sido quizá uno de los más golpeados por la crisis ocasionada por el covid-19, que reveló la vulnerabilidad de los trabajadores del arte ante cualquier contingencia.

Hoy estamos aquí inaugurando una fiesta de la caligrafía, lo que podría tomarse como una exquisitez, cuando es realidad todo lo contrario. Cualquier arte primero fue una técnica, un saber y hacer creados para dar solución a algún problema que nuestra humana limitación hacía irresoluble.

Así una piedra silícea fue frotada sobre algún hongo inflamable para obtener fuego, o fue tallada para obtener alimentos, o sirvió para marcar sobre barro con signos indescifrables por nosotros, pero que daban cuenta de lo que aquella originaria humanidad necesitaba para sobrevivir.

¿Fue la escritura una técnica? Desde luego que sí, perfeccionada con el fin de registrar información cada vez más compleja para dejar constancia —en un momento capital de la historia de la escritura— en grandes hojas de papel artesanal y empleando tintas de origen milenario aquello que como especie nos elevaba: el legado de nuestra cultura, las representaciones de nuestra fe, nuestra aspiración a la belleza.

Y es que el arte, la cultura, la creatividad y la sensibilidad son condiciones que nos definen y nos permiten integrarnos; son piezas fundamentales para el desarrollo de cada uno, para la convivencia armónica y para la construcción de futuros de paz.


Desde la escritura tallada en arcilla de las tablas de Uruk —hace más de cuatro mil años—, pasando por las inscripciones lapidarias de las capitales romanas —a las cuales debemos nuestro alfabeto— y las semiunciales escritas con pluma de ganso en el año 500, hasta llegar a las escuelas de enseñanza de escritura a mano con métodos como el sistema Spencerian o Palmer, ha pasado mucho tiempo, el suficiente para que el revolucionario saber que fue escribir a mano esté tal vez cada día más alejado de los que se inician en el mundo de la instrucción escolar.

En cuanto a nuestra institución, orienta su labor a la preservación de la escritura manuscrita en su expresión más especializada: la caligrafía, ubicándola en los tiempos que nos toca vivir, realizando una apuesta por su enseñanza más allá de su funcionalidad y presentándola a los más jóvenes como un conocimiento detonador de su creatividad.

Recordemos entonces con ternura a nuestras maestras de escuela, quienes nos enseñaron a escribir, para asumir el reto que tenemos en Caligráfica: hacernos cargo de toda la creatividad que debemos poner en marcha para que la caligrafía no quede en el pasado; porque enseñar no solo es transferir conocimiento, sino también crear las posibilidades para su propia producción o construcción.

Entre todos los saberes que nos han definido, hoy celebramos a aquel hecho a base de lápiz, pluma, tinta y papel.

Quiero agradecer a todo el equipo que integra nuestra asociación, a Lissette Landauro, a Mariana Rey de Castro, a Juan Luis Gargurevich, a Kara Navarro, a Karla Rodríguez y a Claudia Inga, quienes han realizado un trabajo excepcional; a las instituciones que nos han apoyado, al Ministerio de Cultura, a la Municipalidad de Lince, al Museo Pedro de Osma, a los expositores en Perú y otros países, al público interesado y a todos ustedes.

Damos así por inaugurada la Cuarta Semana de la Caligrafía en Perú.  

Monday, July 18, 2022

Fatum, o el esperable destino de la buena literatura

 


Fatum, o el esperable destino de la buena literatura

        Son distintas las realidades configuradas por obra de la prosa de Guerra; entre ellas, las de la amistad y el amor, pero no siempre con desarrollos y finales felices. El narrador deja constancia así, entrado ya en la mediana edad, de aquellos rituales alrededor de la camaradería que, si bien se conservan, asumen formas inesperadas o han disminuido su poder aglutinante. Eso ocurre sobre todo con Felipe, entrañable relato que nos conduce con sana resignación por los avatares de la amistad. Así, en el inicio se nos advierte: “Ya nada es como antes. Atrás quedó aquella época de la universidad cuando andábamos juntos de arriba para abajo emborrachándonos —conforme lo recomienda Baudelaire— sin tregua, inevitablemente encontrándonos en algún recoveco de la noche con los versos de Eliot y Ezra Pound”. En una historia conocida para los que hemos llegado a cierta edad, lo que viene después son las idas y vueltas alrededor de los afectos amicales, útiles para consolar entre unas cervezas al buen Felipe de un lejano apego amoroso y también para ir tras su rastro cuando la distancia amenaza la fortaleza de sus relaciones. Al final, quedan las promesas y buenas intenciones, no siempre cumplidas.

            Por fortuna, hay más aproximaciones a la amistad en clave masculina y todos los hábitos que le son propios; por ejemplo, yendo tras la ruta de “El loco Stalin” o reencontrándonos con “Porfirio Santos”. En cuanto al compañero de nombre tan políticamente altisonante, un inquietante y unilateral encuentro recupera al camarada en una circunstancia corriente en un ómnibus urbano, pero llevada a un extremo que nimba al encuentro de un aura singular. En cuanto a Porfirio, el anuncio de su visita después de tiempo sin verse es motivo para hacer un recuento de sus días, como una suerte de preparación para una experiencia decepcionantemente escatológica. La amistad tiene también esas cosas.

            En cuanto al amor, las páginas de Fatum ofrecen también, en más de un cuento, sus aristas menos gratas, como para poner las cosas en su lugar y terminar por aceptar su esquinada complejidad. En “Te voy a contar una historia”, mientras el narrador se entrega a un viaje por asuntos de su actividad artística, surge la oportunidad de someterse a un par de ceremonias esotéricas: la primera lo deja tan acongojado que se somete a una segunda, cuyo equívoco pronóstico, con todo, lo decide a la acción.

            Páginas después, en “Despedida”, una pareja tiene un farragoso encuentro preamatorio que es más un ajuste de cuentas, el que prepara una experiencia sexual intensa que quizá esta vez sí sea una despedida, pero nunca estaremos seguros, tanto los que algunas veces hemos amado como los que esperamos que la literatura nos entregue algunas certezas. Igual ocurre con la historia de “Abrazando el viejo árbol”, de temática amatoria también y en clave surrealista, pues una despedida vuelve a ser el móvil de los sucesos hasta que se rompen los diques del realismo y la amada se transfigura, pero el amor se propone seguir siendo el mismo. Uno solo puede desear que haya fortuna para los amantes que quieran seguirlo intentando.

            Más allá de los desencuentros amoroso y amical, Fatum tiene más tela para cortar alrededor de otras temáticas; el aparente extravío onírico es una de ellas, cuyo abordaje evidencia el oficio e imaginación de Guerra para dar expresión a sus fijaciones como creador de muy diversas maneras, siempre con la misma eficacia alrededor de tres vertientes. En “Alas”, en búsqueda de equilibrio entre los registros real y fantástico, explora en sus fronteras con tal convicción que a través de este artificio la literatura se atreve a echar luces en las entrañas de la demencia; es decir, luego de que los primeros párrafos nos convencen de que vuelve a tomar forma el mito del hombre alado, nos topamos con su alienada relatividad, para volver sobre el final al momento definitivo en el que todas las aves deben demostrar que, si lo son, están hechas para volar.

En la dirección contraria, “La casa de mi vecina” nos conduce por los meandros de una casa tan próxima a nosotros como puede serlo la de cualquiera de nuestro barrio, pero su descubrimiento es perturbador y a la postre aterrador y en el límite de lo racional. No sabemos si eso ocurrirá cuando nos atrevamos algún día a hacer lo mismo, pero queda claro que una cosa es lo que vemos y otra la que sabemos a ciencia cierta el prójimo, sobre todo nuestros vecinos, literalmente, nuestros perturbadores próximos.

Poco después, Guerra opta por conducirnos más lejos en la exploración de su universo, pero más cerca de conocernos mejor mediante las experiencias oníricas. “Muy juntos” es así un recuento de eventos y movimientos que podrían ser llamados absurdos, pero no lo son para cualquiera que recuerda la lógica contradictoria que tienen muchos de nuestros sueños. Lo mismo puede decirse de “Robótica”, donde confluyen, además del delirio onírico, el desencuentro amoroso, así sea con un ex, que todo es posible en los sueños, como haber estado sin saberlo con una mujer robótica cuando fue nuestra. Algunos sueños son, lo sabemos a despecho del racionalismo, muy reveladores.

Y dando un paso más allá, en “Coma diabético”, su personaje, aquejado súbitamente por el mal del título, ingresa en otro orden de cosas, uno en el que el médico no hace su trabajo, un hermano nos salva la vida a fuerza de voluntad y al final nos hacemos practicantes de las artes de desdoblamiento. Roguemos nomás que tales fantasías, si llegan a agobiarnos, no sean la antesala de mayores y definitivos extravíos.

Y yendo un poco más lejos todavía, “Qué linda flor, qué bella flor” nos enfrenta a los desvaríos de las pesadillas cuando se tornan tan aterradoras que obligan al durmiente a decirse: “Esto tiene que ser un sueño”. Sin embargo, lo que viene después quizá no nos otorgue la esperada tranquilidad.

Pero lo hasta aquí reseñado no agota la riqueza de Fatum, pues desarrolla con brillo la vertiente típicamente realista en dos grupos de cuentos, ofreciéndonos el que da nombre al volumen, “Detectives de oficina” y “Soldado Universal”, historias de singular brillo que se permiten coquetear con el costumbrismo sin reducirse a él, un logro de la destreza en el arte narrativo de Guerra. De todas estas maneras, tenemos a un hombre que encuentra su destino luego de una súbita iluminación, a un gerente de provincias en apuros por una auditoría que encontrará lo que busca, pero con una sorpresa final, y a un licenciado de las fuerzas armadas que, urgido por la necesidad en una sociedad que olvida a sus combatientes, deberá volver a tomar las armas.

El segundo grupo de cuentos ya referido cierra el volumen con brillo e identidad propias para ofrecer con trazo fino los matices, contrastes y colores del ámbito rural. “El viejo”, “Niño de Praga” y “Relato del posadero” indagan así, respectivamente, en los vericuetos no siempre seguros del amor, los misterios acerca de las muertes precoces y la constancia de los actos que son impulsados por la sed de venganza, al punto que esta puede entregarse a la autodestrucción con aliento a cañazo y filo de machetes bajo las estrellas.

 

***

 

        Quizá lo más atractivo de opinar sobre un libro de cuentos esté en amalgamar desde su lectura su aparente dispersión con los insumos de un estilo, una sensibilidad, acaso una visión del mundo. A diferencia de la novela, guiada por una obvia unidad de propósito, las colecciones de cuentos ofrecen su todo desde una mirada caleidoscópica que se completa solamente cuando acabamos con el último relato del volumen.

            Si a todo esto le añadimos que este libro se llama Fatum, palabra latina para “destino, fatalidad”, pronto arribaremos a la idea de que el narrador tras estos cuentos nos convoca como una coartada para aceptar lo inevitable por la vía de la literatura. Esta ineluctabilidad de fondo se manifiesta de las varias y diversas maneras que aquí he reseñado. El telón de fondo es una aproximación a lo humano como Guerra lo entiende, lograda por medio de una prosa no solo eficaz, sino además eficiente, dicho esto teniendo en cuenta que escribir bien no alcanza para expresar la complejidad de un escritor y sus obsesiones. Ese plus necesario para hacer un libro y construir así luego una obra es algo logrado con énfasis y brillo por nuestro autor, que permanece así fiel a su fatum, cumplido ya, de escritor.


Lima, 14 de julio de 2022

A mi maestra de aula



 A mi maestra de aula


Abría las ventanas para que el viento, el sol o alguna mariposa entrara.

Era mi aula la suya, nuestro reino.

Buenos días, príncipes y princesas, ciudadanos del nuevo mundo, nos llamaba

para luego abrir el libro en una página cualquiera.

Qué importaba lo que en ella hubiera, no había historia, paraje, fórmula o pregunta
que no respondiera.

No sé si en todas con certeza, sí con sabiduría.

Mi maestra de aula, a la que confundida a veces llamaba mamá.

¿Qué será de ella ahora?

Quisiera decirle que me hizo escritora, que fui más allá del abecedario y que guardé
en la carpeta el uno, el dos y el tres.

Ella jamás guardó nada, fue ella quien nos quiso

y abrió siempre las ventanas.



Lima, 06 de julio de 2022
Ventana abierta y Lilas, Valentín Serov, 1886

Primeras letras

 


Primeras letras

¿Quién eres?, ¿cómo llega a mí el ladrido de Blaky?

El perrito de tu abuela, su despertador de naricita fría

Me cuentas del caserío de Linda

Y resuenen palabras que a menudo no digo:

Ponchos, cushmas, faldillines

Ahora sé que haces la a comenzando desde la derecha

(discreta vocal entre consonantes)

Y que tu eme tiene los puentes disparejos.

En un momento tu efe cayó sobre tu e

Tu ere se recostó sobre esta y la palabra se sostuvo

Como cuando nos unimos para cruzar un río

Huarichaca me mostró que tu r es una torre pequeña

La torre que vigila que la i saltarina no se vaya de la línea

Tu alma se desata, la a, la ele, la eme de puentecitos disparejos

Quieren volar, salir del papel

Ser libres

Vi tu escritura hoy

Y me detuve a pensar en ti

En la ternura de tus primeras letras

 

Lima, 2 de abril de 2022

 

Recibí los relatos escritos por niñas y niños de las zonas rurales de nuestro país. Me llegaron en archivos en pdf. Tuve el privilegio de leerlos, saber sus historias y seguir el trazo de sus letras.

En el Día Internacional de la Literatura Infantil renuevo mi compromiso de escribir con ellos y para ellos, así como mi sueño de que creemos espacios para escuchar las historias que ellos nos tienen que contar; una literatura desde la infancia y juventud para ser escuchada por los adultos.

Wednesday, August 11, 2021

Hippie



A mi tío Alberto


Si vences a la muerte
te rapará la cabeza
y pegará con cinta scotch
un moño rosa sobre tu cráneo.
Tu ojos estarán cansados
(así seas aún muy pequeña).
Osaste ver la fragilidad de la existencia
(deberás ahora recuperar el brillo en la mirada).
¿Cómo, si ya sabes que te irás?
¿Hay alguien en el mundo que te devuelva la esperanza?
Hippie me nombraste intuyendo mi búsqueda.
Y comencé a mirar a la tribu de la ciudad como a hermanos.
Cabellos largos, ropas sueltas, pies descalzos.
Tuyo, mío, ¿qué importa?
Cuando desaparecieron los errantes en los parques
me refugié en los cines.
Iba sola a ver películas aburridas
que son ahora poemas.
En una, el hombre-dios me dijo:
“No brilles más de lo permitido;
quienes lo hacen se van antes”.
Tuve miedo, y me hice una chica buena.
Hice deporte a diario, comí sano,
me alejé del jugo de uva,
dejé crecer mi cabello
y solo dormía con mi enamorado,
El verano del amor se ha ido contigo.
No olvides llevar flores en el pelo.
Lima, 17 de marzo de 2021

Alquimia




A mi querido tío Augusto

No pude darle la justa medida
al ron jamaiquino que compré en la bodega del barrio
para lograr el equilibrio que tu discreción traía.
Limpio con poca frecuencia
la balanza que me legaste.
No hay nada que medir en estos días
uno igual al otro, sin sonrisas.
Nos colocaron máscaras
como al chico de Dumas
de la novela que tanto te gustaba.
1812 quedó tras ellas
y tu vinilo de la BBC ya nadie lo escucha.
¿Venía el silencio de tu agudeza musical?
¿Quién requiere hablar cuando la melodía
llena las grietas
que las palabras no pudieron?
No sé cómo pesar este tiempo
Coloco de diversos modos las pequeñas pesas
en el instrumento de fórmulas precisas
que se fueron contigo.
Dime cómo creo el balance
ahora que la poesía no me dice nada
cuando las historias dejaron
de darme respuestas.
¿Volverá el equilibrio sin ti?
Déjame tomar este ron con yerbabuena
hasta que la noche se canse de esconderme
y deba retornar a ser lo que suelo ser
una chica buena.
Lima, 8 de mayo de 2021

Wednesday, November 25, 2020

Verano

 


Dejar atrás el amor,

dejar de respirar,

me acerqué lo suficiente para aprender tu aliento,

inundarme con el olor silencioso de tu respiración,

aquel que esconde lo que sientes.

Callaste y el mundo llegó en otro sentido.

Ni tú ni yo en el lugar soñado.

Es condición de lo perfecto ser efímero.

¿Te imaginas a la belleza repetirse día tras día?

Aquello que origina mi nostalgia es también condición

de lo que debió ocurrir para poder quebrarme ahora,

cuando te pienso, cuando me pienso, distinta e idéntica

a lo que soñé de mí misma.

Nadie añora lo que posee.

La imposibilidad es ante todo una promesa,

la postulación del deseo futuro,

y el deseo es la poción para seguir viva,

en medio de un mundo que se acaba,

ahora que mi cuerpo dejó de brillar como luciérnaga en las noches despejadas.

Estuviste en el verano de mi existencia,

y no puedo evitar llevarte conmigo.

Si me apago, si la chica que conociste dejara de estar,

quedarán contigo estas palabras,

lo único con lo que cuento para decir lo siento.


Lima, noviembre de 2020

Tuesday, July 21, 2020

Quincemil

Cuando niña, frente al televisor en blanco y negro que estaba en la sala de mi casa, un sábado de invierno no tan frío —imagino que no lo era porque estaba temprano fuera de la cama— me explicó Carl Sagan qué era la quinta dimensión. Sabía algo porque en uno de los capítulos del Hombre Araña este se enfrentaba a los seres de Demencia 5 (incluso así se llamó el capítulo en español), habitantes de la quinta dimensión. En medio de una espiral psicodélica, ingresé a otro mundo guiada de la mano del delirio creativo de Ralph Bakshi.

Entonces para mí la quinta dimensión era un lugar debajo de la Tierra o sabe Dios de qué planeta donde vivían unas criaturas con cabeza de araña, túnicas largas y un agujero en la cabeza en lugar de rostro. Eso fue hasta que en la serie Cosmos, su anfitrión, Carl Sagan, nos definió a los humanos como seres básicamente tridimensionales, hechos de largo y ancho por altura, igual como concebimos el universo; un ejemplo más de cómo nuestra comprensión del mundo proviene de nuestra práctica con él.

Fue así que Sagan tomó una manzana, presionó su base sobre un tampón de tinta y dejó luego una huella en una hoja de papel. Recuerdo que me dijo —sí, porque te hablaba a los ojos— que quienes tienen dos dimensiones solo verían de la manzana su impronta. En consecuencia, mis tres dimensiones no me permitirían, al menos no hasta ahora, entrar a la quinta dimensión.

Pasaron los años y volvieron a dar Cosmos, ahora de la mano de un discípulo de Sagan, Neil deGrasse Tyson, quien en un capítulo —ya no en blanco y negro, sino con todos los detalles de las pantallas Led— hacía un relato del vínculo que unió a los primeros humanos con las estrellas y el firmamento. Así, en la superficie del cielo, hallaban la respuesta para no tomar el camino equivocado o encontraban las señales para anticiparse a una tormenta. En aquella escena de recreación, junto al grupo sentado alrededor de una fogata, estaba un perro, un lobo que renunció a su fiereza para recibir protección humana.

Ese mismo día, por la noche, leyéndole a mi padre el libro Sapiens, de Harari, nos detuvimos en una parte en la que revelaba que los primeros vestigios de un humano enterrado al lado de un perro datan de hace quince mil años. Harari y su libro quedaron a un lado para emocionarnos, mi padre y yo, con la presencia de nuestros fieles amigos a lo largo de nuestra historia familiar, en el momento en que en medio de esa lectura, recostada al pie del lecho de mi padre, Luna escuchaba atenta que algo decíamos sobre ella y su estirpe.

Quincemil es uno de los tantos nombres que Luna ha recibido, sobrenombres pasajeros que surgen motivados por cada uno de sus actos, desde sus pequeños saltos emocionados cuando te recibe al llegar a casa hasta cuando se colma de tu calor y decide ir a los pies de la cama. Quincemil también suele ser el nombre que le damos cuando, perplejos, nos percatamos de algo que da cuenta de su particular conciencia para percibir el mundo. Hay algo en esos actos, en su gesto y atención que me hacen sentir que solo puedo ver la huella que deja esa maravilla que debe ser Luna sobre el papel que es mi conciencia. Ella es para mí una de las tantas formas en que la quinta dimensión aparece.

Hoy, 21 de julio, Día Internacional del Perro, celebro estos quince mil años de andar juntos. 


Thursday, June 25, 2020

De R. para D



























He tomado de aquel baúl antiguo

la pequeña camisa que mamá guardo

para recordar que llegaste indefenso

como aquel pajarito que desde lejos dormía en su nido.

También tomé de aquella foto en blanco y negro

la sonrisa de tu cumpleaños número ocho,

y el asombro en tu rostro frente al regalo envuelto,

sin importar lo que este ocultara.

Me resistí a robar el poema que secretamente

escribiste para el primer amor que tuviste,

y a pesar de quererte solo para mi

supe que algo de mi estaba encerrado en cada palabra:

profeta adolescente que sabe que el amor es inevitable

y que nos espera persistente al final del diluvio.

Y lo robé, tachando el nombre que en él aparecía y colocando en su lugar diversas rosas,

todas las rosas que uno puede ser.

Subí al desván y entre los estornudos que me impedían reconstruir el pasado,

como legiones de ácaros que sirven de escudos,

en su afán biológico de ir hacia adelante

fui frenada en más de un momento.

Ir hacia adelante con mirar retrovisado, y allí la camiseta y el jean

que perfectos colgaban de tu cuerpo y de tus ojos.

Encontré también una tarjeta que certificaba que eras una estrella,

más de uno de nosotros ha pisado Hollywood alguna vez.

Vi tu nombre bordado en varias ropas,

como si pudieras, en algún momento, no recordar que las llevaste, que eran tuyas

y salir a la calle desnudo, como el hombre aquel que vimos una noche,

limpio, recién enloquecido.

He tomado una aguja y un ovillo de estambre,

recordando a la monja dominica que me enseñara bordado,

en los días en que deseaba que mi vida no tuviera costuras,

que no encontrara un nudo de remate

que me impidiera continuar buscando el sentido de la hebra.

Comencé a dar puntadas, uniendo todo lo robado.

He terminado, y como todos los hogares

siempre tienen una puerta que inconscientemente dejamos sin pestillos

entraré sigilosa esta noche a cubrirte con la manta que he bordado.

Deja que te arrope y te proteja,

y si te da calor no la arrojes, guárdala para el próximo invierno.

Es tuya porque te quiero.

 

 10 de enero de 2014


La chica de San Vicente

Todo lo acontecido en estos tres últimos meses no me ha permitido ver a mi madre como solía hacerlo, casi siempre a diario, tanto porque iba yo a su casa o ella tomaba un taxi al caer la tarde para visitarme en mi trabajo; el pequeño negocio familiar creado por su hermano y continuado por ella que nos permitió la libertaria experiencia de andar libres del ojo vigilante de un jefe de personal neurótico, conversar, compartir un café, sentarnos todos a almorzar en las amplias mesas de madera del taller y hasta tener una cálida sobremesa. Puede llegar a ser muy limitada la vida de quien mide la rentabilidad en acumulación de dinero. Hay muchas formas de ser espléndido.

Una de las cosas más importantes de estos últimos años era verla llegar emocionada, atesorando entre las páginas de un delicado cuaderno verde nilo con esquineros de metal dorado uno de sus últimos poemas, y admirar la exquisita prudencia con que acostumbra hacer un pedido: el leerme su poema en este caso y explicarme las ideas y emociones que, por profundas, necesitaron de una elaborada metáfora para expresar, en lo posible, lo que deseaba. Si algo guardaré de ella, cuando algún día aciago no esté, será ese cautivante cuaderno.

Hoy estuve con ella. Cuando empezaba a preparar el almuerzo por su cumpleaños, llegó a la cocina y se sentó en la silla del pequeño comedor de diario, la que está al lado de la puerta de vidrio que da acceso al breve patio, casi siempre abierta para que entren algo de viento y sol. Mientras ella me veía picar cebolla, moler ají, pelar papás y dorar ajos, comenzamos a ponernos al día de nuestras lecturas y películas, una forma más de hablar de nosotras también.

Una idea rondaba en mi cabeza entre las tantas que me suelen tener absorta, lo que me hace parecer más de una vez indiferente, cuando en realidad estoy más en ese otro mundo que en este. Me concentré en escuchar a mi madre así como la recordaba, paciente, prestar oídos a  todas las anécdotas que mi padre le contaba al llegar a casa eufórico después de una intensa asamblea sindical. Él no solo encontraba en ella la atención que todo narrador reclama; también recibía los mejores consejos. (Si mi padre pudo lograr un equilibrio en su labor sindical fue además por su inteligente asesoría.)

Y ahí estaba yo, contándole que Nathan Zuckerman, el alter ego narrador de Roth, decía en su novela Pastoral americana que a su personaje central, el gran Sueco Levov, le inspiró de niño la figura de un joven deportista, Roy Tucker, el honesto y valiente jugador de los Dodgers cuyo único defecto era “la tendencia a mantener el hombro derecho bajo y blandir el bate hacia arriba”, historia que Zuckerman conoció a través de un libro que tomara prestado de la biblioteca del Sueco, El chico de Tomskinville. “Cuánto de lo que escribimos se nutre de las emociones que los libros nos dejaron”, le comenté a mi madre.

Fue ahí cuando, sentada en la cocina, iluminada por la luz que entraba por la puerta vidriera, me contó que no tendría más de diez años cuando descubrió, a un lado del corral que separaba la casa de su abuela paterna de la de sus vecinos —los Noda, una de esas tardes que vamos de visita sin motivo—, una gran caja de madera, de la que, curiosa, levantó la tapa. Tuvo entonces que colgarse, apoyando el vientre sobre la parte delantera y despegando ligeramente del suelo los pequeños mocasines marrones que mantenían sus medias blancas de hilo protegidas del polvo, para mirar el fondo de la caja, donde encontró libros viejos guardados por su abuela. Eran los volúmenes que en su exilio de Lima a la provincia habían rescatado su padre junto a su hermano, su tío Augusto.

Ese fue el enorme tesoro de la infancia de mi madre: los libros del poeta Edilberto Zuleta de Aliaga. Desde esa fecha no hubo día en que no leyera la historia que alguno de ellos le contaba, y se la pasaba distraída pensando cómo haría Edmundo Dantés para escapar de su prisión. Llegó a ser imbuida a tal punto del espíritu romántico de esas novelas decimonónicas, que fue sugestionada por sus personajes, e iba lánguida con su libro bajo el brazo a tumbarse sobre algún antiguo sofá a leer las líneas que el tiempo de vida que le quedaba le diera, ahora que se sentía tan débil como Margarita Gautier.

Todos esos libros, ese cúmulo de palabras, la sostuvieron y la convirtieron —al igual que le pasó al Sueco— en alguien incapaz de jugar sucio, para así entregarse honestamente a las cosas, con la inocencia de esperar que los otros jugaran limpio también. Sin embargo, al Sueco Levov, el hijo predilecto de la comunidad judía de la Newark de los años cuarenta, la vida le pagó mal, como a su ídolo Tucker, quien después de llevar a su equipo al triunfo sufre en la final del juego un golpe bajo que lo alejaría para siempre de lo que amaba. Tal parece que jugar limpio no te evitará sufrir.

Mi madre hoy cumple ochenta y cuatro años, y estoy con ella ahora que no puede salir de casa porque todos, unos más que otros, hemos venido haciendo en ese juego que se llama vida todo mal. Ella también fue, ahora lo sé, La chica de San Vicente, con su diáfano libro de poemas, cuyo único defecto fue “ponerse de puntillas para tomar unos libros y creer que el mundo era como lo que en ellos se decía”.

Lima, 10 de junio de 2020


Finitud

Tenía un año y medio cuando vencí a la muerte. No recuerdo cómo fue; es algo que me contaron. Carlota, mi hermana mayor, aprendió una expresión extraña para una niña, “catéter de flebotomía”, cuando acompañó en medio de la noche a mi padre a la farmacia.

No quedó huella física de esa experiencia, excepto la cicatriz del catéter que introdujeron a la altura de mi tobillo. Y digo física porque una cicatriz de otra índole sí que me marcó. Ahora que desde el encierro veo la muerte como una posibilidad tan próxima, recuerdo que a muy temprana edad fui consciente de mi existencia.

Tenía siete años cuando me pregunté dónde estuvieron antes de que yo naciera  mis padres, tíos, abuela, mi maestra y mis hermanas. Llegué incluso a pensar que habían creado el mundo solo para mí. Mi madre notó por esos días que cuando me echaba champú yo no cerraba los ojos. Por más que me lo pedía yo persistía en tenerlos abiertos, no fuera a ser que si bajaba apareciera en otro lugar y tiempo, al lado de desconocidos.

Tuve cuadros de ansiedad cuando me separaba de mi casa. Ir a la escuela era algo tan agobiante que lloraba en silencio en mi carpeta. Mi maestra se dio cuenta, mis padres también, pero fue ella la que me colocó en la lista de niñas que debían participar de la intervención psicológica que un grupo de terapeutas haría en mi escuela.

La psicóloga que me tocó no era tan joven como las otras; tendría la edad de mi madre. Me dio confianza y seguridad esa coincidencia.. Después de una conversación inicial, me pidió que describiera lo que veía en la mesa. Enumeré su lapicero, los papeles, la caja de colores, todo. Cuando terminé, me preguntó si no faltaba algo. Volví a repasar, le dije que no. “¿Y los microbios y bacterias?”, me preguntó. Le expliqué que estaban ahí, pero “como no soy un microscopio no puedo verlos”, respondí. “Eso mismo”, me dijo, “no puedes verlos porque tus sentidos son limitados; tu vista no es un microscopio, y por ello no los ves, pero están ahí. Hay cosas que no puedes ver, pero eso no quiere decir que no existan”. Sentí un gran alivio.

Con los años, comprendí que era finita, que un día no estaría; también aprendí que no solo debía arreglarme con el alcance de mis sentidos, sino estar alerta a las limitaciones que nos impone siempre tratar de entender otras realidades.

¿Qué dejamos de ver?, ¿qué fue aquello que metimos debajo de la alfombra porque nos incomodaba?, me preguntaba antes e estar encerrada porque un letal virus nos muestra nuestra radical vulnerabilidad?

Sabemos la respuesta: desigualdad en su forma más brutal, exclusión y un desprecio hedonista por todo aquello que reduzca nuestros goces desde el lugar privilegiado que ocupamos.

Tal vez tuvimos que estar cercados por la muerte para comprender que debemos hacer grandes transformaciones. Si muero, solo deseo que nadie tengan miedo de compartirlo todo

Lima, 22 de abril de 2020

Acerca del asombro

“No temas entonces a la fragilidad de tu cuerpo o al pequeño tamaño de tus pies;

no temas a tu anonimato, tampoco a tu finitud.

Quien puede mirar el universo y comprenderlo lleva la luz con él”.

Tenía ocho años cuando mi padre instaló en mí lo que Rachel Carson llamaría, con certeza, “el sentido del asombro”. Me quejaba con él de mi tamaño; le reclamaba que debería ser tan alta como lo era mi hermana mayor. Él me miró con serenidad y me pidió que le alcanzara mi cuaderno y un lápiz. Se los di. Abrió el cuaderno, de aquellos cuyas hojas estaban sujetas por dos grapas, y en la página anterior al pliego central dibujó un círculo y en su centro hizo un diminuto punto.

—¿Ves el círculo grande y el punto pequeño del centro? —me preguntó.

—Sí.

—Pues el círculo grande es el Sol y ese punto es el planeta Tierra —agregó.

Yo lo escuchaba atenta, tratando de comprender esa enorme diferencia, cuando él pasó la página, y ahora dibujó, esta vez en todo el pliego central, otro círculo y al centro de este nuevamente un pequeño punto.

—Bien, ahora este círculo grande es la estrella Sirio y el punto que ves es nuestro Sol —me explicó.

Quedé confundida. Si la Tierra era ese punto respecto del Sol, y el Sol era ese otro punto en relación con Sirio, entonces yo era algo invisible en el universo, algo muy reducido e insignificante.

Mi padre me preguntó qué pensaba; le dije eso, que era insignificante. Sonrió, y me dijo que Sirio era enorme, pero no sabía de mí; sin embargo, yo, siendo muchísimo más pequeña, sí sabía de las estrellas y tenía conciencia de su existir.

Me tomó de súbito el asombro. Era tan importante lo que acababa de oír que quise saber más. Fue así que mi padre me explicó qué eran las estrellas, qué era la velocidad de la luz y lo lejos que aquellas pueden estar, al punto que tal vez ya no existan, y aún vemos su luz.

Fueron días muy especiales; solía preguntar cosas como de dónde venimos o adónde vamos. Descubrí la fotosíntesis y la importancia de la reproducción sexual para que pudiera haber existido la vida en un planeta que antes solo era habitado por bacterias.

Es por eso que se necesita de un adulto que deje de lado por un instante todas las cosas con que la vida adulta nos distrae para conducir a un niño en el descubrimiento de la naturaleza y de nuestra propia existencia; alguien que permita que nos asombremos y emocionemos al descubrir el misterioso mundo que habitamos

Hoy, 21 de abril, Día del Libro Infantil, renuevo mi deseo, como adulta, de poder mostrar, a través de las historias, aquello que de niña me asombró. En medio de este encierro obligado, cuando la naturaleza se abre paso para mostrarnos que ser parte de ella nos hace tan frágiles como cualquier otro ser vivo, pido a los padres, los maestros y los tutores entregarse con renovado entusiasmo a esta fascinante tarea.

Lima, 21 de abril de 2020



Tú, tú, tú y tú.


Juzgado desde el encierro, me parece mucho tiempo; sin embargo, no lo es. Las chicas y chicos de un taller que dicté hace dos inviernos deben tener ya doce años, salvo Avril, ahora cerca de los nueve. Cuando decidí  hacer con ellos mi primer taller de escritura creativa para niños, debo confesar que armé el plan de trabajo intuitivamente, pensado no solo para comprometerlos a fondo con el proyecto, sino también para jugar con ellos.

Nos propusimos así ser escritores y dar a la luz cinco historias. Coloqué en un tazón algunos nombres al azar. El que nos tocara sería el nombre de nuestro personaje. Después teníamos que imaginarlo todo (uno no puede ser un creador mezquino; todo acto creativo es generoso en esencia, y más aún si lo que harás es darle vida a alguien).

Fue así como se fueron formando distintos universos. Camila habló de Luna y su gato enamorado; Alonzo de Stik, un chico adolescente que recogió una traviesa ardilla que quería ser DJ; Avril de un pequeño perrito perdido en medio de una mudanza a la ciudad; y Paulo tenía en sus manos la existencia de Boby, un híbrido de humano y extraterrestre cuyos padres ciegos no se habían dado cuenta de que lo era.

Hicimos preguntas, cuestionamos hipótesis, anotamos lo interesante, todos en grupo para contribuir a que la historia, por más fantástica que fuera, no rompiera aquel orden que buscamos en todo cuento: que lo humano, alguna emoción o sentimiento estuvieran presentes, un conflicto que pusiera a nuestro personaje en aprietos y un final acorde con lo narrado. El resultado fue muy bueno. Tengo esas historias conmigo. Espero poder compartirlas pronto si los jóvenes escritores me lo permiten. Guardo todas menos una, la de Paulo.

Paulo no podía escribir un cuento; quería decir tanto; llegaba tan al fondo de las cosas que se iba extendiendo más y más. Estaba muy comprometido. No solo quería relatar una historia, sino decir algo importante, como si a su corta edad sospechara verdades que no podía expresar plenamente. Él sentía que cada palabra dicha e idea plasmada postulaba la búsqueda de respuestas. Es una condición tan humana; tanto que a los diez años ya estás inmerso en ella.

No presioné a Paulo. Sentí que no estaba obligado a terminar su relato. Había dicho cosas muy importantes sin haberla culminado. Una vez hicimos un ejercicio especial para despertar nuestras emociones después de un agotador día de escuela. Le di a cada uno de mis jóvenes escritores doce palitos de helado, un marcador indeleble, un palo de brocheta de madera (de esos chinos y descartables que venden en el mercado), una pieza de cartulina blanca perforada en el extremo inferior y superior, y cola de carpintero. Debían cerrar los ojos, relajarse y recordar los rostros de diez personas que consideraban habían sido fundamentales para que ellos estuvieran sanos y salvos en ese momento.

Lo hicieron, y luego les pedí que dijeran por qué estaban esos nombres allí. No saben todo lo que escuché. Cuánto amor hacia sus padres, abuelos, hermanos, amigos de escuela y sus maestros. Ninguno dejó de mencionar a uno de ellos por lo menos; sin embargo hubo un palito que llamó mi atención. Paulo había escrito en uno no un nombre, sino, entre comillas, “tú, tú, tú y tú”. Intrigada, le pregunté a que se refería. Él, sin titubear, desde el fondo de su hermosa mirada, me respondió: “Rosa, mis padres trabajan y me dan todo. Me han dado la vida, pero qué pasaría si no hubiera nadie más. Mis padres ganan el dinero para que yo coma, pero qué pasaría si la señora que vende en el mercado no existiera, o el campesino dejará de sembrar, o el chofer no quisiera traer las cosas al mercado, o Marta no me cuidara o me trajera, o tú no me enseñaras, o todos los que están aquí no vinieran a trabajar. Yo existo porque todos permiten que exista, y estoy sano y salvo por ellos”.

Quedé en silencio unos segundos. Paulo me había devuelto al origen, a una antigua verdad. De pronto todos nos miramos y sentí que teníamos que expresar algo. Di la voz a los demás. Dijeron que tenía razón, que todos son importantes, que por ello cualquier vida es valiosa, que nadie debe ser excluido, que todos los trabajos son necesarios, que todo es una cadena, que si un eslabón se rompe perdemos todos.

La cartulina que les di era para que en ella pongan deseos. Los palitos de helados serían la base de su balsa, la brocheta el mástil y la cartulina cruzada por el mástil a través de los orificios sería la vela que empuje su barco de deseos.

Sus peticiones incluían, además de a sus seres queridos, a la naturaleza, a todas las personas, anhelaban que nadie sufra y no hubiera egoísmo, y, sobre todo, pedían un futuro para ellos.

Hoy que llevo nueve días sin salir de casa, ese recuerdo es uno de los que me sostiene con más fuerza, cuando pienso en todos los que ahora no pueden hacer su trabajo, pero más aún en todos aquellos que lo están realizando para sostenernos: médicos, enfermeras, asistentes, choferes, personal de limpieza, policías, soldados, vendedores de alimentos, de medicinas. Ellos, nosotros, todos somos valiosos, porque si uno falta no estaremos sanos y salvos, mucho menos completos. Estoy aquí, viva y respirando, Paulo, porque están tú, tú, tú y tú…

Lima, 24 de marzo de 2020


Larga vida a Roth

Esta vez hablaré de ellos. Me enteré ayer, de noche, cuando llegué tarde del trabajo y un poco más tarde Daniel, de que Philip Roth había muerto. Si en algo puede consolar la muerte de alguien es porque, después de hecho el balance, esa vida que se fue sirvió para sostener a otras.

Entonces, mi padre estaba con una pierna rota, sin poder operarse porque un herpes que invadió la pierna mala impedía la intervención. Cortar nuestra piel para aliviar lo que adentro duele necesita que esté fuerte, que pueda cumplir la proctectora labor de cicatrizar correctamente, dejando con el tiempo tan solo una tenue marca de lo que fue muy doloroso.

Hoy un amigo me preguntó: “¿Es verdad que le leías todas las noches a tu padre mientras estuvo enfermo?”. Y recordé que sí, que así fue. Fueron noches en las que, mientras esperábamos juntos que el herpes cediera para proceder con la operación, mi padre no podía moverse, y soportaba estoicamente lo que le había tocado. Después de la cena hospitalaria y de tomadas todas las dosis necesarias para que el mal se detenga, el cuerpo resista y la mente se serene, acordamos que no tomaría el sedante para dormir a las ocho de la noche, como lo habían prescrito, sino a las diez. Habíamos encontrado una fórmula para escapar de las noches en el hospital sin salir de la habitación 901 C.

Era octubre, y desde la ventana de la habitación, sentada en una silla ubicada muy cerca de la cama de mi papá, colocada para poder verlo de frente, podía ver el anda del Señor de los Milagros en el ingreso del hospital, a la que volvía la vista cada vez que me detenía en algún párrafo. Descubrimos que leer juntos nos permitía estar juntos más tiempo, sin tener que repetir anécdotas o volvernos a contar lo que nos había pasado durante la jornada. Yo llegaba a las seis de la tarde, después del trabajo, y primero nos poníamos al día, pero con la ansiedad cada vez mayor de que fueran las ocho para saber qué le pasaría a Ira Ringold luego de entrar su nombre en las listas de sospechosos de comunistas del Gobierno gracias a las confesiones que su exesposa hiciera de él. Habíamos empezado a leer Me casé con un comunista.

La novela nos había tomado. Ya no importaba tanto que se programara la operación. Teníamos primero que saber qué haría el joven Nathan Zuckerman —el reiterado alter ego del autor— ahora que su padre se había dado cuenta de que las ideas de Ringold habían encontrado terreno fértil en su hijo. Y eso para empezar.

El universo construido por Roth nos permitía así seguir en la lucha. Total, qué tanto será una pierna rota frente a la descomunal tarea de poner en práctica la tesis XI de Marx sobre Feuerbach, más aún siendo un norteamericano de apellido irlandés que se gana la vida como actor de radio y llega a vivir a Hollywood casado con la más glamorosa actriz del cine mudo. Ya conocemos la tesis: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

Una noche, en medio de la lectura, mi padre se detuvo y me hizo marcar un párrafo. Ya se estaba durmiendo. La benzodiacepina de 10 mg ya estaba haciendo su efecto, y quería estar más lúcido para lo que acababa de leerle. “Marca eso —me dijo—, que mañana te cuento cómo fue en mi caso, ahora ya tengo sueño”.

A la letra, ese párrafo decía: “¿Cómo se eligen? Por medio de una serie de accidentes y con mucha voluntad. ¿Cómo llegan a ti y cómo llegas a ellos? ¿Quiénes son? ¿Qué es esta genealogía que no es genética? En mi caso eran hombres de los que aprendía, de Paine a Fast y de Corwin a Murray, Ira y más allá, los hombres que me formaban, los hombres de los que procedía. Para mí todos eran notables, cada uno a su manera, personalidades con las que discutir, mentores que encarnaban o abrazaban ideas poderosas y que fueron los primeros en enseñarme a abrirme paso por el mundo y sus exigencias, los padres adoptados a los que también, cada uno en su momento, tuve que abandonar con su legado, tuvieron que desaparecer, dejando así lugar a la orfandad total, que es la virilidad. Cuando estás ahí afuera, en el mundo, completamente solo”.

Roth permitió que mi padre se abriera y me hablara de don Angelito, un viejo restaurador de Lince que le dio a sus quince años los siete ensayos de Mariátegui. Pero vinieron otros: me habló de su padre, de los filósofos que admiraba, de Gary Cooper haciendo de El Llanero (fue a ver tres veces en un día la película porque no podía creer que muriera), del profesor que lo alentó a seguir la secundaria.

La noche que terminamos de leer Me casé con un comunista lloramos juntos, no solo por lo que a Ira le pasó, sino porque llegaba a su fin una vida, la del universo que esa novela creó, y de la que fuimos testigos a través de cada palabra dicha. Larga vida a los grandes, a Ira, a mi padre, a Roth por siempre a Philip Roth.

Lima, 24 de mayo de 2018

Magallanes

De niña tenía ciertos héroes que no eran los de los cómics; eran sujetos de tiempos lejanos, llegados a mí a través de los relatos históricos en versión para niñ@s que mi papá me contaba. Uno de ellos fue la historia de Hernando de Magallanes, quien el 10 de agosto de 1519 partió de Sevilla con una escuadra de cinco naves con el propósito de circunnavegar el globo.

Mi padre trataba de que comprendiera la dimensión de esta hazaña, que viajara a un tiempo donde toda la tecnología que me hacía comprender la vida de una forma no existía; no había radio, ni radares, ni antibióticos, ni zapatos de goma. Era ahí que me estremecía de emoción, obligándome a acomodarme en el sillón porque el asombro ya se había instalado. Alguna información genética se detonaba y abría la posibilidad de sentirlos cerca, como aquellos hermanos mayores de los cuentos de Valdelomar, que salían de casa y llegaban luego a prodigar al hogar algo de bien, incluido un majestuoso Carmelo y su sentido del honor.

Buscando las Molucas, Magallanes y los suyos llegaron a lo que, en honor de Felipe II, llamaron Filipinas. Lograron llegar al Extremo Oriente, cumpliendo así el sueño de Colón. “Es en este lugar —y mi padre me decía ‘no olvidarás la fecha’— que un 27 de abril de 1521, en la batalla de Mactán, Magallanes murió”.

No pudo llegar al punto de donde zarpó tres años atrás; sin embargo, ya había logrado hacer casi todo el recorrido, y fue ese viaje, esos años de travesía, los que forjaron el compromiso de los hombres que continuaron con la ruta. Fueron 18 hombres de los 234 que salieron de Sevilla los que regresaron a ella en septiembre de 1522. La circunnavegación de la Tierra, con mayúscula, había sido realizada. Era al final de este relato en que la alegría me volvía: el sueño de Magallanes lo culminaron otros, que junto a él creyeron en lo mismo.

Hay tareas que alguien las inicia, y cuya gesta suele traer cambios; puede que la vida no les alcance para verlas concretarse o la realidad jale tramposamente la alfombra del piso para que trastabillen. Puede que no esté presente en Rusia Paolo Guerrero, pero nadie podrá negar que fue él quien hizo posible que toda la nación —esa esquiva palabra para nosotros los peruanos que algunas tardes el fútbol hace posible— cumpliera el sueño de participar en un mundial después de 36 años de ausencia. Ahora está en manos de la tripulación que queda continuar con la tarea.

Mayo, 2018

Las estrellas no mueren

Las estrellas no mueren, le dijo, no para uno; nos falta vida para ver una estrella apagarse, tan lejos y tan cerca, enormes soles sin conciencia de sí mismos; en cambio tú, tú sí sabes de ellos.

No temas entonces a la fragilidad de tu cuerpo o al pequeño tamaño de tus pies; no temas a tu anonimato, tampoco a tu finitud. Quien puede mirar el universo y comprenderlo lleva la luz con él.

Ves esa que brilla enormemente en medio del azul, le dijo señalando el cielo. Esa es Sirio, y es miles de veces más grande que el Sol, ¿sabes por qué ?, le dijo. Te diré el secreto: no es uno, son dos hermosos soles que viajan juntos, tan juntos que vemos una sola luz.

Tomó su mano con la certeza de que ahora, como aquella estrella, brillarían juntos siempre.

Noviembre, 2017


Ma


Atada a ti desde antes, quizás siempre,

Hogar el primero, húmedo, oscuro también.

Soy muy chica todavía para sentir tu ausencia,

Madre distante, dolor perpetuo.

Deambulo entre las aguas sin saber del aire

Olvidaste enseñarme a respirar lejos de ti.

Mira cómo me paro de manos,

Mira cómo se cimbra mi cuerpo,

Lo hábil que soy, mira, mamá.

Ma, voltea. Ma, soy yo, tu hija,

La que en nada se parece a ti, pero obstinada lo intenta.

Sé escribir, mamá, lee este poema.

¿Qué tal, mamá, está bien escrito?

¿No ?, ¿qué le faltó para conmoverte?

Has olvidado que deseo verte reír,

Que digas qué sientes cuando el sol brilla,

Pero también a qué deberé temer cuando llegue la noche.

Mamá, el hermoso pastel blanco de fresas rojas no era para mí.

De nada valdrán mis bellísimas acuarelas,

Ni la plasticidad de mi cuerpo,

Ni mis manos que adoraban tus fatigados pies.

Alguien dijo que el amor nos separa de los demás.

¿Había tal vez demasiado amor en esta tu hija?

Un embalse que tarde o temprano quiebre el dique.

Sea mi corazón el que te quiera en silencio,

Te libero ahora de amarme.

Que entre entonces el radiante sol por tu ventana,

Pierde ya el miedo a la demorada noche de historias.

Eres libre, madre,

Hace algún tiempo que no temo dormir sola.


Lima, 2 de febrero de 2016

Ceño

Frunces el ceño cuando te llamo sobreviviente

¿Acaso crees que no es suficiente?

¿Qué más esperas de la vida?

Si ya sé que está el reloj, ese del escaparate en la avenida Foch

Que viste en una película, jamás tan cerca

Sobrevivir te suena a migajas

Pues es bien poco lo que necesita un corazón para latir

Lo dijo la FAO, cinco al día

Y el fuego, el agua, un cielo con estrellas

Una mirada donde ver tu rostro

No necesitas espejos, necesitas mis ojos

Esos que no se cansan de mirarte

Sobrevivimos cada momento, en cada latido

Te das cuenta en el instante en que no te vas

Cierras los ojos, los abres y sigues ahí

La muerte no pudo contigo

Y aún desean más


Lima, Jueves 2 de febrero de 2017


Inauguración de la Cuarta Semana de la Caligrafía en Perú

  Buenas noches, amigas y amigos. Después de tiempos duros y extraños, luego de casi tres años volvemos a estar juntos —esta vez en la sala ...