Wednesday, November 25, 2020

Verano

 


Dejar atrás el amor,

dejar de respirar,

me acerqué lo suficiente para aprender tu aliento,

inundarme con el olor silencioso de tu respiración,

aquel que esconde lo que sientes.

Callaste y el mundo llegó en otro sentido.

Ni tú ni yo en el lugar soñado.

Es condición de lo perfecto ser efímero.

¿Te imaginas a la belleza repetirse día tras día?

Aquello que origina mi nostalgia es también condición

de lo que debió ocurrir para poder quebrarme ahora,

cuando te pienso, cuando me pienso, distinta e idéntica

a lo que soñé de mí misma.

Nadie añora lo que posee.

La imposibilidad es ante todo una promesa,

la postulación del deseo futuro,

y el deseo es la poción para seguir viva,

en medio de un mundo que se acaba,

ahora que mi cuerpo dejó de brillar como luciérnaga en las noches despejadas.

Estuviste en el verano de mi existencia,

y no puedo evitar llevarte conmigo.

Si me apago, si la chica que conociste dejara de estar,

quedarán contigo estas palabras,

lo único con lo que cuento para decir lo siento.


Lima, noviembre de 2020

Tuesday, July 21, 2020

Quincemil

Cuando niña, frente al televisor en blanco y negro que estaba en la sala de mi casa, un sábado de invierno no tan frío —imagino que no lo era porque estaba temprano fuera de la cama— me explicó Carl Sagan qué era la quinta dimensión. Sabía algo porque en uno de los capítulos del Hombre Araña este se enfrentaba a los seres de Demencia 5 (incluso así se llamó el capítulo en español), habitantes de la quinta dimensión. En medio de una espiral psicodélica, ingresé a otro mundo guiada de la mano del delirio creativo de Ralph Bakshi.

Entonces para mí la quinta dimensión era un lugar debajo de la Tierra o sabe Dios de qué planeta donde vivían unas criaturas con cabeza de araña, túnicas largas y un agujero en la cabeza en lugar de rostro. Eso fue hasta que en la serie Cosmos, su anfitrión, Carl Sagan, nos definió a los humanos como seres básicamente tridimensionales, hechos de largo y ancho por altura, igual como concebimos el universo; un ejemplo más de cómo nuestra comprensión del mundo proviene de nuestra práctica con él.

Fue así que Sagan tomó una manzana, presionó su base sobre un tampón de tinta y dejó luego una huella en una hoja de papel. Recuerdo que me dijo —sí, porque te hablaba a los ojos— que quienes tienen dos dimensiones solo verían de la manzana su impronta. En consecuencia, mis tres dimensiones no me permitirían, al menos no hasta ahora, entrar a la quinta dimensión.

Pasaron los años y volvieron a dar Cosmos, ahora de la mano de un discípulo de Sagan, Neil deGrasse Tyson, quien en un capítulo —ya no en blanco y negro, sino con todos los detalles de las pantallas Led— hacía un relato del vínculo que unió a los primeros humanos con las estrellas y el firmamento. Así, en la superficie del cielo, hallaban la respuesta para no tomar el camino equivocado o encontraban las señales para anticiparse a una tormenta. En aquella escena de recreación, junto al grupo sentado alrededor de una fogata, estaba un perro, un lobo que renunció a su fiereza para recibir protección humana.

Ese mismo día, por la noche, leyéndole a mi padre el libro Sapiens, de Harari, nos detuvimos en una parte en la que revelaba que los primeros vestigios de un humano enterrado al lado de un perro datan de hace quince mil años. Harari y su libro quedaron a un lado para emocionarnos, mi padre y yo, con la presencia de nuestros fieles amigos a lo largo de nuestra historia familiar, en el momento en que en medio de esa lectura, recostada al pie del lecho de mi padre, Luna escuchaba atenta que algo decíamos sobre ella y su estirpe.

Quincemil es uno de los tantos nombres que Luna ha recibido, sobrenombres pasajeros que surgen motivados por cada uno de sus actos, desde sus pequeños saltos emocionados cuando te recibe al llegar a casa hasta cuando se colma de tu calor y decide ir a los pies de la cama. Quincemil también suele ser el nombre que le damos cuando, perplejos, nos percatamos de algo que da cuenta de su particular conciencia para percibir el mundo. Hay algo en esos actos, en su gesto y atención que me hacen sentir que solo puedo ver la huella que deja esa maravilla que debe ser Luna sobre el papel que es mi conciencia. Ella es para mí una de las tantas formas en que la quinta dimensión aparece.

Hoy, 21 de julio, Día Internacional del Perro, celebro estos quince mil años de andar juntos. 


Thursday, June 25, 2020

De R. para D



























He tomado de aquel baúl antiguo

la pequeña camisa que mamá guardo

para recordar que llegaste indefenso

como aquel pajarito que desde lejos dormía en su nido.

También tomé de aquella foto en blanco y negro

la sonrisa de tu cumpleaños número ocho,

y el asombro en tu rostro frente al regalo envuelto,

sin importar lo que este ocultara.

Me resistí a robar el poema que secretamente

escribiste para el primer amor que tuviste,

y a pesar de quererte solo para mi

supe que algo de mi estaba encerrado en cada palabra:

profeta adolescente que sabe que el amor es inevitable

y que nos espera persistente al final del diluvio.

Y lo robé, tachando el nombre que en él aparecía y colocando en su lugar diversas rosas,

todas las rosas que uno puede ser.

Subí al desván y entre los estornudos que me impedían reconstruir el pasado,

como legiones de ácaros que sirven de escudos,

en su afán biológico de ir hacia adelante

fui frenada en más de un momento.

Ir hacia adelante con mirar retrovisado, y allí la camiseta y el jean

que perfectos colgaban de tu cuerpo y de tus ojos.

Encontré también una tarjeta que certificaba que eras una estrella,

más de uno de nosotros ha pisado Hollywood alguna vez.

Vi tu nombre bordado en varias ropas,

como si pudieras, en algún momento, no recordar que las llevaste, que eran tuyas

y salir a la calle desnudo, como el hombre aquel que vimos una noche,

limpio, recién enloquecido.

He tomado una aguja y un ovillo de estambre,

recordando a la monja dominica que me enseñara bordado,

en los días en que deseaba que mi vida no tuviera costuras,

que no encontrara un nudo de remate

que me impidiera continuar buscando el sentido de la hebra.

Comencé a dar puntadas, uniendo todo lo robado.

He terminado, y como todos los hogares

siempre tienen una puerta que inconscientemente dejamos sin pestillos

entraré sigilosa esta noche a cubrirte con la manta que he bordado.

Deja que te arrope y te proteja,

y si te da calor no la arrojes, guárdala para el próximo invierno.

Es tuya porque te quiero.

 

 10 de enero de 2014


La chica de San Vicente

Todo lo acontecido en estos tres últimos meses no me ha permitido ver a mi madre como solía hacerlo, casi siempre a diario, tanto porque iba yo a su casa o ella tomaba un taxi al caer la tarde para visitarme en mi trabajo; el pequeño negocio familiar creado por su hermano y continuado por ella que nos permitió la libertaria experiencia de andar libres del ojo vigilante de un jefe de personal neurótico, conversar, compartir un café, sentarnos todos a almorzar en las amplias mesas de madera del taller y hasta tener una cálida sobremesa. Puede llegar a ser muy limitada la vida de quien mide la rentabilidad en acumulación de dinero. Hay muchas formas de ser espléndido.

Una de las cosas más importantes de estos últimos años era verla llegar emocionada, atesorando entre las páginas de un delicado cuaderno verde nilo con esquineros de metal dorado uno de sus últimos poemas, y admirar la exquisita prudencia con que acostumbra hacer un pedido: el leerme su poema en este caso y explicarme las ideas y emociones que, por profundas, necesitaron de una elaborada metáfora para expresar, en lo posible, lo que deseaba. Si algo guardaré de ella, cuando algún día aciago no esté, será ese cautivante cuaderno.

Hoy estuve con ella. Cuando empezaba a preparar el almuerzo por su cumpleaños, llegó a la cocina y se sentó en la silla del pequeño comedor de diario, la que está al lado de la puerta de vidrio que da acceso al breve patio, casi siempre abierta para que entren algo de viento y sol. Mientras ella me veía picar cebolla, moler ají, pelar papás y dorar ajos, comenzamos a ponernos al día de nuestras lecturas y películas, una forma más de hablar de nosotras también.

Una idea rondaba en mi cabeza entre las tantas que me suelen tener absorta, lo que me hace parecer más de una vez indiferente, cuando en realidad estoy más en ese otro mundo que en este. Me concentré en escuchar a mi madre así como la recordaba, paciente, prestar oídos a  todas las anécdotas que mi padre le contaba al llegar a casa eufórico después de una intensa asamblea sindical. Él no solo encontraba en ella la atención que todo narrador reclama; también recibía los mejores consejos. (Si mi padre pudo lograr un equilibrio en su labor sindical fue además por su inteligente asesoría.)

Y ahí estaba yo, contándole que Nathan Zuckerman, el alter ego narrador de Roth, decía en su novela Pastoral americana que a su personaje central, el gran Sueco Levov, le inspiró de niño la figura de un joven deportista, Roy Tucker, el honesto y valiente jugador de los Dodgers cuyo único defecto era “la tendencia a mantener el hombro derecho bajo y blandir el bate hacia arriba”, historia que Zuckerman conoció a través de un libro que tomara prestado de la biblioteca del Sueco, El chico de Tomskinville. “Cuánto de lo que escribimos se nutre de las emociones que los libros nos dejaron”, le comenté a mi madre.

Fue ahí cuando, sentada en la cocina, iluminada por la luz que entraba por la puerta vidriera, me contó que no tendría más de diez años cuando descubrió, a un lado del corral que separaba la casa de su abuela paterna de la de sus vecinos —los Noda, una de esas tardes que vamos de visita sin motivo—, una gran caja de madera, de la que, curiosa, levantó la tapa. Tuvo entonces que colgarse, apoyando el vientre sobre la parte delantera y despegando ligeramente del suelo los pequeños mocasines marrones que mantenían sus medias blancas de hilo protegidas del polvo, para mirar el fondo de la caja, donde encontró libros viejos guardados por su abuela. Eran los volúmenes que en su exilio de Lima a la provincia habían rescatado su padre junto a su hermano, su tío Augusto.

Ese fue el enorme tesoro de la infancia de mi madre: los libros del poeta Edilberto Zuleta de Aliaga. Desde esa fecha no hubo día en que no leyera la historia que alguno de ellos le contaba, y se la pasaba distraída pensando cómo haría Edmundo Dantés para escapar de su prisión. Llegó a ser imbuida a tal punto del espíritu romántico de esas novelas decimonónicas, que fue sugestionada por sus personajes, e iba lánguida con su libro bajo el brazo a tumbarse sobre algún antiguo sofá a leer las líneas que el tiempo de vida que le quedaba le diera, ahora que se sentía tan débil como Margarita Gautier.

Todos esos libros, ese cúmulo de palabras, la sostuvieron y la convirtieron —al igual que le pasó al Sueco— en alguien incapaz de jugar sucio, para así entregarse honestamente a las cosas, con la inocencia de esperar que los otros jugaran limpio también. Sin embargo, al Sueco Levov, el hijo predilecto de la comunidad judía de la Newark de los años cuarenta, la vida le pagó mal, como a su ídolo Tucker, quien después de llevar a su equipo al triunfo sufre en la final del juego un golpe bajo que lo alejaría para siempre de lo que amaba. Tal parece que jugar limpio no te evitará sufrir.

Mi madre hoy cumple ochenta y cuatro años, y estoy con ella ahora que no puede salir de casa porque todos, unos más que otros, hemos venido haciendo en ese juego que se llama vida todo mal. Ella también fue, ahora lo sé, La chica de San Vicente, con su diáfano libro de poemas, cuyo único defecto fue “ponerse de puntillas para tomar unos libros y creer que el mundo era como lo que en ellos se decía”.

Lima, 10 de junio de 2020


Finitud

Tenía un año y medio cuando vencí a la muerte. No recuerdo cómo fue; es algo que me contaron. Carlota, mi hermana mayor, aprendió una expresión extraña para una niña, “catéter de flebotomía”, cuando acompañó en medio de la noche a mi padre a la farmacia.

No quedó huella física de esa experiencia, excepto la cicatriz del catéter que introdujeron a la altura de mi tobillo. Y digo física porque una cicatriz de otra índole sí que me marcó. Ahora que desde el encierro veo la muerte como una posibilidad tan próxima, recuerdo que a muy temprana edad fui consciente de mi existencia.

Tenía siete años cuando me pregunté dónde estuvieron antes de que yo naciera  mis padres, tíos, abuela, mi maestra y mis hermanas. Llegué incluso a pensar que habían creado el mundo solo para mí. Mi madre notó por esos días que cuando me echaba champú yo no cerraba los ojos. Por más que me lo pedía yo persistía en tenerlos abiertos, no fuera a ser que si bajaba apareciera en otro lugar y tiempo, al lado de desconocidos.

Tuve cuadros de ansiedad cuando me separaba de mi casa. Ir a la escuela era algo tan agobiante que lloraba en silencio en mi carpeta. Mi maestra se dio cuenta, mis padres también, pero fue ella la que me colocó en la lista de niñas que debían participar de la intervención psicológica que un grupo de terapeutas haría en mi escuela.

La psicóloga que me tocó no era tan joven como las otras; tendría la edad de mi madre. Me dio confianza y seguridad esa coincidencia.. Después de una conversación inicial, me pidió que describiera lo que veía en la mesa. Enumeré su lapicero, los papeles, la caja de colores, todo. Cuando terminé, me preguntó si no faltaba algo. Volví a repasar, le dije que no. “¿Y los microbios y bacterias?”, me preguntó. Le expliqué que estaban ahí, pero “como no soy un microscopio no puedo verlos”, respondí. “Eso mismo”, me dijo, “no puedes verlos porque tus sentidos son limitados; tu vista no es un microscopio, y por ello no los ves, pero están ahí. Hay cosas que no puedes ver, pero eso no quiere decir que no existan”. Sentí un gran alivio.

Con los años, comprendí que era finita, que un día no estaría; también aprendí que no solo debía arreglarme con el alcance de mis sentidos, sino estar alerta a las limitaciones que nos impone siempre tratar de entender otras realidades.

¿Qué dejamos de ver?, ¿qué fue aquello que metimos debajo de la alfombra porque nos incomodaba?, me preguntaba antes e estar encerrada porque un letal virus nos muestra nuestra radical vulnerabilidad?

Sabemos la respuesta: desigualdad en su forma más brutal, exclusión y un desprecio hedonista por todo aquello que reduzca nuestros goces desde el lugar privilegiado que ocupamos.

Tal vez tuvimos que estar cercados por la muerte para comprender que debemos hacer grandes transformaciones. Si muero, solo deseo que nadie tengan miedo de compartirlo todo

Lima, 22 de abril de 2020

Acerca del asombro

“No temas entonces a la fragilidad de tu cuerpo o al pequeño tamaño de tus pies;

no temas a tu anonimato, tampoco a tu finitud.

Quien puede mirar el universo y comprenderlo lleva la luz con él”.

Tenía ocho años cuando mi padre instaló en mí lo que Rachel Carson llamaría, con certeza, “el sentido del asombro”. Me quejaba con él de mi tamaño; le reclamaba que debería ser tan alta como lo era mi hermana mayor. Él me miró con serenidad y me pidió que le alcanzara mi cuaderno y un lápiz. Se los di. Abrió el cuaderno, de aquellos cuyas hojas estaban sujetas por dos grapas, y en la página anterior al pliego central dibujó un círculo y en su centro hizo un diminuto punto.

—¿Ves el círculo grande y el punto pequeño del centro? —me preguntó.

—Sí.

—Pues el círculo grande es el Sol y ese punto es el planeta Tierra —agregó.

Yo lo escuchaba atenta, tratando de comprender esa enorme diferencia, cuando él pasó la página, y ahora dibujó, esta vez en todo el pliego central, otro círculo y al centro de este nuevamente un pequeño punto.

—Bien, ahora este círculo grande es la estrella Sirio y el punto que ves es nuestro Sol —me explicó.

Quedé confundida. Si la Tierra era ese punto respecto del Sol, y el Sol era ese otro punto en relación con Sirio, entonces yo era algo invisible en el universo, algo muy reducido e insignificante.

Mi padre me preguntó qué pensaba; le dije eso, que era insignificante. Sonrió, y me dijo que Sirio era enorme, pero no sabía de mí; sin embargo, yo, siendo muchísimo más pequeña, sí sabía de las estrellas y tenía conciencia de su existir.

Me tomó de súbito el asombro. Era tan importante lo que acababa de oír que quise saber más. Fue así que mi padre me explicó qué eran las estrellas, qué era la velocidad de la luz y lo lejos que aquellas pueden estar, al punto que tal vez ya no existan, y aún vemos su luz.

Fueron días muy especiales; solía preguntar cosas como de dónde venimos o adónde vamos. Descubrí la fotosíntesis y la importancia de la reproducción sexual para que pudiera haber existido la vida en un planeta que antes solo era habitado por bacterias.

Es por eso que se necesita de un adulto que deje de lado por un instante todas las cosas con que la vida adulta nos distrae para conducir a un niño en el descubrimiento de la naturaleza y de nuestra propia existencia; alguien que permita que nos asombremos y emocionemos al descubrir el misterioso mundo que habitamos

Hoy, 21 de abril, Día del Libro Infantil, renuevo mi deseo, como adulta, de poder mostrar, a través de las historias, aquello que de niña me asombró. En medio de este encierro obligado, cuando la naturaleza se abre paso para mostrarnos que ser parte de ella nos hace tan frágiles como cualquier otro ser vivo, pido a los padres, los maestros y los tutores entregarse con renovado entusiasmo a esta fascinante tarea.

Lima, 21 de abril de 2020



Tú, tú, tú y tú.


Juzgado desde el encierro, me parece mucho tiempo; sin embargo, no lo es. Las chicas y chicos de un taller que dicté hace dos inviernos deben tener ya doce años, salvo Avril, ahora cerca de los nueve. Cuando decidí  hacer con ellos mi primer taller de escritura creativa para niños, debo confesar que armé el plan de trabajo intuitivamente, pensado no solo para comprometerlos a fondo con el proyecto, sino también para jugar con ellos.

Nos propusimos así ser escritores y dar a la luz cinco historias. Coloqué en un tazón algunos nombres al azar. El que nos tocara sería el nombre de nuestro personaje. Después teníamos que imaginarlo todo (uno no puede ser un creador mezquino; todo acto creativo es generoso en esencia, y más aún si lo que harás es darle vida a alguien).

Fue así como se fueron formando distintos universos. Camila habló de Luna y su gato enamorado; Alonzo de Stik, un chico adolescente que recogió una traviesa ardilla que quería ser DJ; Avril de un pequeño perrito perdido en medio de una mudanza a la ciudad; y Paulo tenía en sus manos la existencia de Boby, un híbrido de humano y extraterrestre cuyos padres ciegos no se habían dado cuenta de que lo era.

Hicimos preguntas, cuestionamos hipótesis, anotamos lo interesante, todos en grupo para contribuir a que la historia, por más fantástica que fuera, no rompiera aquel orden que buscamos en todo cuento: que lo humano, alguna emoción o sentimiento estuvieran presentes, un conflicto que pusiera a nuestro personaje en aprietos y un final acorde con lo narrado. El resultado fue muy bueno. Tengo esas historias conmigo. Espero poder compartirlas pronto si los jóvenes escritores me lo permiten. Guardo todas menos una, la de Paulo.

Paulo no podía escribir un cuento; quería decir tanto; llegaba tan al fondo de las cosas que se iba extendiendo más y más. Estaba muy comprometido. No solo quería relatar una historia, sino decir algo importante, como si a su corta edad sospechara verdades que no podía expresar plenamente. Él sentía que cada palabra dicha e idea plasmada postulaba la búsqueda de respuestas. Es una condición tan humana; tanto que a los diez años ya estás inmerso en ella.

No presioné a Paulo. Sentí que no estaba obligado a terminar su relato. Había dicho cosas muy importantes sin haberla culminado. Una vez hicimos un ejercicio especial para despertar nuestras emociones después de un agotador día de escuela. Le di a cada uno de mis jóvenes escritores doce palitos de helado, un marcador indeleble, un palo de brocheta de madera (de esos chinos y descartables que venden en el mercado), una pieza de cartulina blanca perforada en el extremo inferior y superior, y cola de carpintero. Debían cerrar los ojos, relajarse y recordar los rostros de diez personas que consideraban habían sido fundamentales para que ellos estuvieran sanos y salvos en ese momento.

Lo hicieron, y luego les pedí que dijeran por qué estaban esos nombres allí. No saben todo lo que escuché. Cuánto amor hacia sus padres, abuelos, hermanos, amigos de escuela y sus maestros. Ninguno dejó de mencionar a uno de ellos por lo menos; sin embargo hubo un palito que llamó mi atención. Paulo había escrito en uno no un nombre, sino, entre comillas, “tú, tú, tú y tú”. Intrigada, le pregunté a que se refería. Él, sin titubear, desde el fondo de su hermosa mirada, me respondió: “Rosa, mis padres trabajan y me dan todo. Me han dado la vida, pero qué pasaría si no hubiera nadie más. Mis padres ganan el dinero para que yo coma, pero qué pasaría si la señora que vende en el mercado no existiera, o el campesino dejará de sembrar, o el chofer no quisiera traer las cosas al mercado, o Marta no me cuidara o me trajera, o tú no me enseñaras, o todos los que están aquí no vinieran a trabajar. Yo existo porque todos permiten que exista, y estoy sano y salvo por ellos”.

Quedé en silencio unos segundos. Paulo me había devuelto al origen, a una antigua verdad. De pronto todos nos miramos y sentí que teníamos que expresar algo. Di la voz a los demás. Dijeron que tenía razón, que todos son importantes, que por ello cualquier vida es valiosa, que nadie debe ser excluido, que todos los trabajos son necesarios, que todo es una cadena, que si un eslabón se rompe perdemos todos.

La cartulina que les di era para que en ella pongan deseos. Los palitos de helados serían la base de su balsa, la brocheta el mástil y la cartulina cruzada por el mástil a través de los orificios sería la vela que empuje su barco de deseos.

Sus peticiones incluían, además de a sus seres queridos, a la naturaleza, a todas las personas, anhelaban que nadie sufra y no hubiera egoísmo, y, sobre todo, pedían un futuro para ellos.

Hoy que llevo nueve días sin salir de casa, ese recuerdo es uno de los que me sostiene con más fuerza, cuando pienso en todos los que ahora no pueden hacer su trabajo, pero más aún en todos aquellos que lo están realizando para sostenernos: médicos, enfermeras, asistentes, choferes, personal de limpieza, policías, soldados, vendedores de alimentos, de medicinas. Ellos, nosotros, todos somos valiosos, porque si uno falta no estaremos sanos y salvos, mucho menos completos. Estoy aquí, viva y respirando, Paulo, porque están tú, tú, tú y tú…

Lima, 24 de marzo de 2020


Inauguración de la Cuarta Semana de la Caligrafía en Perú

  Buenas noches, amigas y amigos. Después de tiempos duros y extraños, luego de casi tres años volvemos a estar juntos —esta vez en la sala ...